miércoles, 12 de diciembre de 2012

La compulsión digital: un síndrome psiquiátrico

No hace mucho leía una anécdota de Nikola Tesla, el inventor austrohúngaro -actualmente hubiera sido croata- que pasa por ser el promotor más importante del nacimiento de la electricidad comercial y destacado por sus invenciones en el campo del electromagnetismo.
Tesla es el inventor del motor de corriente alterna, por ejemplo. Sin Tesla no hubiéramos tenido una Segunda Revolución Industrial. En Física, guardamos un grato recuerdo suyo porque su apellido dio lugar a la unidad de campo magnético o densidad de flujo magnético en el Sistema Internacional de Unidades: el Tesla, representado por la letra mayúscula T.
Tesla era un ser extraño. En la actualidad, probablemente le hubieran diagnosticado el síndrome de Asperger, propio de un comportamiento maniático y compulsivo. Por ejemplo, tenía una obsesión con el número 3: todo a su alrededor tenía relación con el 3 o un múltiplo suyo. La correspondencia postal o las decisiones importantes debían ser tomadas el día 13 del mes: a partir de ese día, habría que esperar al mes siguiente. También tenía una clara obsesión con la higiene, hasta el punto de rechazar el contacto directo con otras personas. Podríamos seguir, pero no es el objeto de este artículo.

Esas manías del comportamiento, que residen en la voluntad, y que hacen que se pierda la libertad de ejercicio es lo que los psicólogos denominan una "compulsión". A medida que las personas racionalizan su actividad se alejan de sus potenciales compulsiones porque se hacen dueñas de su comportamiento. Aunque no siempre es así.
Los que nos dedicamos a la educación, concretamente a la educación tecnológica, experimentamos en nosotros mismos y en los demás un fenómeno compulsivo que, si se analiza despacio, es capaz de erizar el cabello.

Examinemos la evolución del comportamiento de un alumno medio frente al error que le presenta en el monitor gráfico un equipo informático en su operación normal de trabajo: intenta abrir un fichero que no existe, un virus ha modificado el texto con el que trabajo y el procesador de textos no puede interaccionar con él, etc.
Hasta hace unos años, estos mensajes de error o simplemente informativos eran proporcionados por el sistema informático en lengua inglesa. Muy frecuentemente, el alumno nunca ha leído el mensaje, sobre todo si tenía cerca un profesor que le podía sacar del apuro de manera inmediata. Entonces, me pareció comprensible, aunque no justificado: el alumno no sabía suficiente Inglés o bien no había conectado en sus neuronas que su conocimiento del Inglés no solo debía servirle para aprobar una asignatura, sino que podía ser utilizado en la vida real. El recurso al profesor se podía obtener de manera inmediata.

Ahora las cosas han cambiado. Los sistemas y aplicaciones informáticas están traducidas a las lenguas vernáculas, pero los procesos que se realizan con esas aplicaciones siguen proporcionando mensajes informativos y de error, eso sí, ahora traducidos en su mayor parte. Sin embargo -asombroso- los alumnos siguen preguntando igual que antes al profesor. Esto me ha hecho reflexionar y he descubierto que el idioma no era el obstáculo. Mejor dicho, sí era un obstáculo, pero no el único y ni siquiera el principal. Y, esto se ha agudizado desde que proliferan los dispositivos móviles: bien lo saben en los despachos de psicólogos y psicopedagogos. Incluso ha aparecido un nuevo síndrome traumatológico como un nuevo tipo de artrosis, originado por el tic de teclear que origina una lesión por esfuerzo repetitivo, que se denomina "Síndrome del pulgar de Blackberry" y ·"Codo de Celular", algo así como el codo de tenista, pero sin raqueta.

Se observa en los adolescentes, y los que no lo son ya tanto, un comportamiento compulsivo que les lleva a estar permanentemente conectados, escribiendo mensajes, recibiendo comunicaciones, etc. La mayor parte de ellas sin ningún valor y sin ningún propósito. Y si, por casualidad, no tienen conectividad, pierden la compostura y aún el apetito. Parece que tienen una intensa relación social, pero no es verdad: no es un intercambio de intimidades y de valores sino la actividad a que les empuja -irremediablemente- su compulsión digital.

Y, si no, que les pregunten a los profesores por las enormes dificultades que tienen cada día para hacer que sus alumnos olviden sus móviles y atiendan en clase. Por si esto fuera poco, la incorporación de la movilidad a la educación (tabletas, móviles  videoconsolas, etc.) está acentuando el problema. No todos los alumnos manifiestan estos comportamientos compulsivos, pero sí la mayoría. Claro que también los hay tecnófobos, pero son los menos.
Querido lector: te invito a que hagas una reflexión. En tu imaginación haz crecer a esos jóvenes hasta que lleguen a tu edad y observa su comportamiento. ¿Te das cuenta que en tu entorno profesional y familiar también se dan estos problemas? No es exclusivo del entorno educativo, pero no por ello deja de ser compulsivo. Esto no quiere decir que los alumnos sean peores, Tesla no era ningún indigente intelectual, pero sí que tienen dañada su libertad: no son libres de hacer, se sienten empujados a hacer, ¿qué? lo que todo el mundo hace. Lo importante, para muchos de ellos, no es comunicarse, sino hacerlo a través de un movil. Por eso se envían whatsapps para decirse sinsentidos desde sus tabletas o móviles aun cuando el destinatario del mensaje se sienta codo con codo en el mismo aula.
No estaría de más estudiar cómo extirpar este efecto obsesivo secundario acentuado por algo tan interesante y, actualmente, necesario como es la tecnología.

Alfredo Abad Domingo.
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1 comentario:

  1. También puede resultar dañino darle carácter patologizante a los cambios de estilos o conductas de las personas, en una era donde existe una constante sobre-estimulación factor que difícilmente varíe.
    O también definir como compulsivo es referirse en sí a la naturaleza humana, a la forma cómo funciona el cerebro, a la forma cómo nos relacionamos, a al forma cómo se ha escrito su historia desde que es humanidad.
    Y ahí reside el problema, en intentar señalar algo externo como origen de su afectación o mal, sino al contrario, es la reflexión y entendimiento humano , ya no desde la pregunta básica del qué o por qué, sino más bien determinando un para qué

    ¿para qué mi alumno no se desconecta de su móvil o artefacto?

    Una fácil respuesta es generalizar nuestras aprensiones, y una difícil respuesta, pero a la vez más comprensiva del fenómenos es desde nuestra individualidad.

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