lunes, 13 de enero de 2014

Perversión en la cultura del esfuerzo

Se me hace raro el día en que no oigo hablar de la "cultura del esfuerzo" de boca de muy diferentes personas y en distintos ámbitos sociales o profesionales.
A priori, siempre me pareció bien tener en consideración el esfuerzo, quizá porque en las generaciones adultas nos hemos acostumbrado a que nadie nos ha dado nada y todo ha habido que conseguirlo con esfuerzo, frecuentemente con mucho esfuerzo.
Y es que, efectivamente, tiene los brazos más largos el esfuerzo que la comodidad.

La mayor parte de las veces que escucho hablar del esfuerzo encuentro una relación más o menos directa con entornos políticos, sindicales o de organizaciones empresariales, que es tanto como decir políticos. En algunas ocasiones, sobre todo en ámbitos gubernamentales y empresariales, juzgo que mi interlocutor está a favor de esa cultura del esfuerzo lo que me invita a ponerme a su favor. En cambio, en otras ocasiones quien habla se posiciona en contra del esfuerzo, lo que no cabe en mi entendimiento.

Sin embargo, esa unidad de criterio entre partidos políticos y organizaciones empresariales ha levantado mis sospechas y me ha invitado a reflexionar y, con ello, a poner un sano juicio crítico sobre las bondades de esa cacareada cultura del esfuerzo. Este modelo cultural ya lo hemos experimentado de manera semejante cuando hablábamos de la "cultura del pelotazo". Si asemejamos la cultura del esfuerzo con la cultura del pelotazo no tendremos más remedio que concluir, por coherencia, que ahora el esfuerzo es el pelotazo, lo que suena bastante bien, pero también quiere decir que ahora el pelotazo es el esfuerzo, que suena significativamente peor. Básicamente porque no terminamos de abandonar el pelotazo; lo que ahora hacemos es cambiar el método de alcanzarlo.

El esfuerzo, ¿es bueno? Me sigue pareciendo que sí, pero sin idolatrías. Esforzarse por conseguir un objetivo es parte fundamental para conseguirlo, alejándolo de la cultura de lo gratis. Sin embargo, el esfuerzo por sí solo no dice razón de bondad. Es cierto que esforzarse razonablemente y de manera continuada produce unos efectos en el hombre verdaderamente asombrosos. Por ejemplo, consigue el desarrollo de la virtud humana, que no de los valores. Las virtudes son hábitos entitativos u operativos, mientras que los valores son elecciones intelectuales, que se pueden o no concretar en virtudes personales en este o aquel individuo.

Se estudia en ciencia que para demostrar algo hay que hacerlo genéricamente, es decir, una demostración no es válida si no se prueba en todos y cada uno de los casos. Sin embargo, para demostrar que algo es falso basta con encontrar un único caso en que la hipotética teoría fracase, es decir, basta con encontrar un contraejemplo. He aquí el contraejemplo que derriba la cultura del esfuerzo:
No conozco a nadie que se haya esforzado tanto como esas desgraciadas personas que, sometidas por la esclavitud, trabajaron duramente un día y otro para los señores que las poseyeron. Aquel esfuerzo colectivo de la esclavitud se hizo precisamente cultura social. Se esforzaban, pero no eran libres. El esfuerzo que pusieron fracasó en la construcción de sus personas.
Además, hay quienes no pueden poner esfuerzo por daños en su voluntad, en su inteligencia o en sus capacidades físicas o fisiológicas. Aunque quisieran no podrían participar de la cultura del esfuerzo.
Entonces, ¿qué hacemos con ellas? ¿Les desposeemos de su dignidad porque no son capaces de ponerla en relevancia a través de ese esfuerzo del que son incapaces? ¿No será acaso que el concepto de esfuerzo que todos predicamos está coloreado de un saturado utilitarismo? Sin embargo, si abandonamos el esfuerzo, ¿qué podríamos conseguir? Probablemente, nada.
Luego, ni el esfuerzo ni la cultura del esfuerzo bastan: ambos son importantes, pero necesitamos algo más.
El esfuerzo no tiene razón de fin sino de medio, por eso no puede liderar nuestra actividad: el esfuerzo solo puede ser un método. Pero nos damos cuenta que las organizaciones políticas y empresariales no hablan de métodos, pretenden configurar la sociedad, es decir, quieren imponernos lo que está bien y lo que no. Y ahí fracasan, por eso los países que más se esfuerzan en el trabajo (por ejemplo, porque dedican más horas en su calendario laboral) no son necesariamente los que mejores resultados obtienen, como tampoco tienen por qué ser los más felices: basta con ver las altas tasas de suicidio de los escolares surcoreanos, que pasan por ser los que más se esfuerzan del mundo. Tampoco los que menos se esfuerzan son los mejores ni los más felices. Debe haber alguna correlación entre esfuerzo y felicidad, pero no se identifican.

Y entonces, ¿qué hacemos? Ponerle al esfuerzo un auriga conductor. Mi propuesta es que el auriga se llama "deber". Hay que hacer las cosas porque debemos hacerlas, porque nos convienen, porque nos perfeccionan o nos conducen a lugares en los que libremente ponemos nuestro interés o el de otros. Para recorrer la singladura diaria es necesario el esfuerzo puesto que de lo contrario nunca podríamos dar un paso por ese camino, ni por ningún otro. Para vivir libremente hacen falta las virtudes como para caminar los zapatos. Sin calzado puedes dar algunos pasos pero nunca llegarías muy lejos porque tus heridas impedirían tus desplazamientos del mismo modo que la falta de virtudes lastrarían tus decisiones.

Y, puesto que somos libres, ¿cómo podemos saber cuál es nuestro deber? Simplificando la respuesta: ¿Tu que eres, un hombre, una mujer? Entonces, tu deber es hacer aquello que se adecua a lo humano, a tu dignidad, a tus compromisos, a tu profesión; a lo que eres, a lo que quieres ser, a lo que puedes ser, a lo que los demás te dejan ser. Vales lo que eres, no lo que tienes; vales lo que puedes, no solo lo que haces.
Hablar solo de la cultura del esfuerzo es una perversión de la verdad de lo que somos y solo cuando nos decidimos en la dirección de nuestro deber, también a través del esfuerzo, nos encaminamos al fin que nos perfecciona.

Somos personas humanas lo que nos lleva a pensar que compartimos algo común que no depende de nuestra voluntad sino que emana de lo que somos, de eso que los filósofos han llamado naturaleza humana. Pero si negamos la naturaleza, entonces se atenúa la realidad de nuestro ser personas y nos convertimos en meros individuos, números en las bases de datos de las administraciones, contribuyentes de impuestos, socios de una organización profesional, miembros de un partido político, etc. Nuestro rostro deviene en simple fotografía.

Pero, si las personas se convierten en meros individuos, entonces la naturaleza se transforma en simple sociedad, mero agregado de individuos, en donde las reglas de juego son arbitrariamente decididas y sustituidas por quienes ostenten el poder en ese momento, cualquiera que sea la forma en que lo consiguieron.
¿Qué interés podrían tener las organizaciones políticas y empresariales en la "cultura del esfuerzo"? Quizá sea el de atenuar nuestra parte personal en aras de promover un utilitarismo individual. Pero un utilitarismo útil para ellos.
Por tanto, le declaro formalmente la guerra a la "cultura del esfuerzo" por incompleta y por injusta. Para que pueda ser aceptada debe someterse a la "cultura del deber", del deber cumplido. En caso contrario, aunque su punto de partida sea algo conveniente a nuestra realidad vital deviene en inhumanidad, y cuando esa cultura se pone en contraste con la verdad de lo que somos, pervertida.

¿Quieres saber más sobre esa otra relación perversa entre el éxito y la excelencia?

Alfredo Abad Domingo.
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1 comentario:

  1. Me ha gustado tu método de ver si el esfuerzo es positivo ligándolo al incremento de libertad de la persona. Me parece muy claro y en la cultura que yo recibí en la escuela y en los ambientes de cuando era joven el esfuerzo era algo fundamental, pero era un esfuerzo voluntarista para llegar a las metas que los demás (la educación y la sociedad) te ponían y yo crecí esforzándome, pero no se si por ello mas libre y realmente empecé a ser libre cuando me puse y busqué mis metas, entonces me sentí más libre y curioso... el esfuerzo no me costaba, no era el fardo insoportable de cuando era jóven.

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